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jueves, 31 de mayo de 2012

Sacúdete el polvo


Si, quizá no han sido tus mejores días, quizá todo iba bien hasta que tropezaste y caíste al suelo y por alguna razón no quieres levantarte.

Nunca te imaginaste estar en esta posición, antes veías a otros y no creías cómo había sido posible que tropezaran de esa manera, pero ahora, el protagonista eres tú, ahora tú eres quien tropezó y realmente no encuentras como poder levantarte.

Quizá lo que antes juzgabas, hoy lo vives y es duro, sí y lo es porque te sientes avergonzado, te siente inmerecedor de Dios, crees que tu fallo, tu tropiezo no es perdonable, eres muy duro contigo mismo, sin antes pensar en que Dios no te juzga de la manera que tú mismo lo haces.

Para Dios no es una sorpresa lo que te ha pasado, Dios no está avergonzado de ti, porque si Él se avergonzara de cada uno de nuestros tropiezos entonces estaríamos perdidos, pero lejos de avergonzarse de nosotros, nos busca, nos levanta con amor y nos da nuevas oportunidades, las cuales deberíamos aprovechar.

El salmista escribió lo siguiente en el Salmo 119:25 “Estoy tirado en el polvo; revíveme con tu palabra” (Nueva Traducción Viviente). El salmista reconocía en el momento que estaba viviendo, pero al mismo tiempo comprendía que solo Dios y su palabra podían darle vida y animarlo.

Pueda que hayas tropezado, sin embargo eso no significa que todo está perdido, eso no quiere decir que ya no hay nada más para ti, la Palabra del Señor dice lo siguiente acerca de lo que Dios puede hacer en tu vida: “Levanta del polvo a los pobres, y a los necesitados, del basurero” Salmos 113:7 (Nueva Traducción Viviente).

miércoles, 18 de enero de 2012

Como la tortuga


“… yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

Un pequeño niño se admiró al ver una tortuga andando aún después de tener la cabeza cortada. Su padre le dijo: “La tortuga está muerta, pero no sabe de eso”. Podemos también preguntarnos,  algunos de nosotros somos así como la tortuga. Sería bueno si, de vez en cuando, tomásemos nuestra pulsación espiritual para saber si aún estamos vivos.

Cuando Cristo entra en nuestros corazones, una alegría nos invade y sentimos que nuestra vida es verdaderamente abundante. Todo cuanto hacemos nos trae satisfacción, percibimos la belleza de las cosas creadas por Dios, los defectos de las personas parecen desaparecer, un cántico de regocijo mueve nuestros días en cualquier circunstancia.

De una cosa tenemos plena certeza: ¡estamos vivos!

Pero, muchos de nosotros, a lo largo del tiempo y con el venir de luchas y enfados, empezamos a enfriarnos. El coloreado de las cosas va se apagando, el placer de servir ya no es más marcante, la alabanza constante empieza a dar lugar a quejas y murmuraciones, y ya no tenemos más certeza de que estamos, realmente, vivos.

Todo nos disgusta, las situaciones nos acongojan, la sonrisa de los amigos nos enoja, nos escondemos de todos y de nosotros mismos. Caminamos, como la tortuga, y ni nos damos cuenta de que estamos muertos espiritualmente.

Pero, la tortuga andará solo algunos pasos y no vivirá más, y nosotros, podemos dejar que, nuevamente, Jesus, la Cabeza del cuerpo, vuelva a darnos la vida con el gozo de antes.

Si usted se siente sin vida, deje a la Vida hacerle revivir. Si usted siente falta de paz, de esperanza, de fuerzas y de alegría, entregue su vida al único que puede  transformarnos y nos llenar de plena felicidad.